#unomásuno de Unicef ¿Te sumas?

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El otro día me llegó un paquete de Unicef con el fin de darme a conocer su última campaña: #unomásuno. Recibir ese paquete fue duro, muy duro, porque me mostró la realidad que viven más de 29 millones de niños en todo el mundo. Esa realidad que a veces giramos la cabeza para no ver o ante la que nos tapamos los oídos para no escuchar. Una realidad demasiado dura que nadie debería vivir y mucho menos niños…

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Abrí la caja sin saber qué me iba a encontrar dentro, no es habitual que Unicef me mande paquetes, pero algo me decía que este paquete era especial. Esa mañana hacía frío, mucho frío en Madrid, y el mensajero me trajo el paquete a la oficina a primera hora de la mañana.  Al tocar la caja me invadió una sensación extraña, de frío, sin saber muy bien porqué. Fue raro. La caja desprendía frío y los pelos se me pusieron de punta, a pesar de no saber, en aquel momento, lo que contenía.

La abrí y me encontré con una mochila azul. Una mochila aparentemente normal. Una mochila muy parecida a esas que llevan muchos de nuestros hijos al cole y que estamos acostumbrados a ver todos los días. Pero esta era una mochila especial.

Algo me decía que lo que contenía no me dejaría indiferente y no me equivocaba. Así fue. La abrí y la sensación de frío volvió a recorrer todo mi cuerpo sin poder evitarlo. Seguía sin entender bien esa sensación, pero cuando descubrí parte del contenido comencé a entenderlo todo. Algo en mi interior sabía que el contenido de esa mochila igual no me iba a gustar o quizás me iba a impresionar. Saqué parte de su contenido: un osito de peluche despeluchado y sin uno de sus ojos, un marco de fotos medio roto… No pude continuar. La cerré y continué con mi trabajo. Giré la cabeza hacía otro lado.

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Horas después volví a coger la mochila, en realidad no había sido capaz de quitármela de la cabeza. Respiré profundo y saqué todo su contenido. Un peluche, un marco de fotos con la foto de una familia, una máscara para sobrevivir en bombardeos o ante la presencia de gases tóxicos y una botella de agua, de agua sucia. El agua que beben en muchos sitios para poder sobrevivir, porque sencillamente no disponen de otra agua. Fue tremendo…

Entonces leí la carta que Unicef me enviaba junto con la mochila. Esa mochila representa la vida de muchos niños en el mundo, demasiados… Representa la dureza de su día a día, su tragedia y todo lo que les rodea (violencia, recuerdos dolorosos, muerte…) Y es tan distinta a nuestra realidad. Una mochila aparentemente igual pero con un contenido tan distinto…

Tenía claro que quería que mis hijas la viesen, pero debía escoger un momento de calma y en el que estuviesen receptivas para entender con facilidad lo que las quería contar. Y hace unos días encontré ese momento con la mayor. Me senté con ella y le enseñé el contenido de la mochila azul.

Ella fue la que sacó el contenido, con las lágrimas contenidas y la voz algo temblorosa no paraban de surgirle preguntas que yo fui contestando como buenamente podía. Le impresionó todo pero, quizás lo que más, el agua. ¿Se beben ese agua mamá? ¡Es agua sucia! A lo que yo respondí: Se beben ese agua porque no tienen otra y si no beben se mueren. No pude evitar las lágrimas. Es difícil imaginar una situación así, lo vemos muy lejano e imposible, pero quizás muchas de las personas que viven esas situaciones en la actualidad tampoco se imaginaron que alguna vez vivirían una experiencia así.

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Por un momento me arrepentí de haberle enseñado la mochila. Mi hija es bastante sensible con las cosas que suceden a su alrededor, pero antes de irse a la cama me dijo. “¿Mami sabes qué? Tenemos muchas cosas, muchas más que otros niños del mundo. ¡Creo que no tenemos que quejarnos tanto!” Fue imposible no emocionarme. Entonces supe que había hecho lo correcto. Ahora sé que enseñarle la mochila ha sido positivo, aunque en el momento también fuese duro para ella ver así la realidad que viven muchos niños en el mundo. Esa mochila le ha ayudado a valorar todo lo que tiene. Efectivamente, no todo el mundo tiene la misma suerte que nosotros y debemos tenerlo presente siempre.

Bajo el lema #unomásuno Unicef quiere conseguir mucho más, porque con pequeñas acciones también se pueden lograr grandes resultados. Puedes colaborar con esta campaña haciéndote socio con una aportación fija mensual o enviando un simple SMS al 38080, por cada mensaje que se envíe Unicef recibirá 4 euros que íntegramente dedicarán a los niños víctimas de guerras y desastres naturales. Ningún niño debería cargar con esa mochila azul nunca y uno más uno podemos sumar mucho para ayudarles entre todos.

Nosotros ya hemos enviado nuestros SMS de ayuda. ¿Os animáis vosotros a enviarlo?

4 comentarios

  1. ¡Muchísimas gracias, Natalia, por tu sensibilidad y por ayudarnos a contar con tanta emoción una realidad tan dura como la que viven millones de niños en el mundo!

  2. Ojalá no tuviese que contarla Aida, pero si existe es necesario contarla y aportar nuestro granito de arena. Muchas gracias a vosotros por la labor que hacéis cada día, de corazón. Yo feliz de poder ayudaros, siempre 🙂

  3. […] con ellos no lo dude un instante. Y hasta sus oficinas fui para aportar mi granito de arena, una vez más, junto a María de El Hervidero de Ideas. Fue imposible […]

  4. […] Hay quien me dice que esta experiencia me va a marcar para siempre, viajar a Senegal con Unicef quizás me convierta en otra persona. No lo sé. Yo solo sé que quiero empaparme de todo lo que allí vea y sienta para contároslo en primera persona. Y, también, para contárselo a mis hijas. […]

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